No es un ser, es un impulso: el tránsito aparecido-desaparecido de un impulso puro
Roger Mounier
Alguna vez Rimbaud escribió “Yo es otro”, y definitivamente supo ser otro del que su madre (una híper-religiosa, amante del orden y la autoridad), hubiera querido que fuera. Rimbaud entra en la categoría de los escritores que tuvieron una infancia deplorable sobre la cual pueden escribir; precoz en todo lo que hizo, fue un rebelde con o sin causa que transpiraba bohemia por cada poro de su cuerpo y escribió entre otros, algunos de los versos más hermosos y característicos de la modernidad.
Pero así como era un rebelde que iba en contra del designio materno, Rimbaud también supo escandalizar a la sociedad burguesa de fines del s. XIX. Aprendió de chiquito a escaparse de casa para ir a la parte pobre de la ciudad, sólo para después volver a casa por la parte rica de la ciudad proclamando (borrachera a cuestas y alguna que otra prostituta pobre) la muerte de dios; consigna que además pintaba en cada pared de iglesia que encontraba a su camino.
Después de convertirse en un lindo niño hereje, empezó a escribir y ahí encontró su camino. Era 1871 cuando le mandó un poema a Paul Verlaine, poeta semi reconocido de la época que vivía en París. La respuesta de Verlaine no se hizo esperar: unos días después Rimbaud iba camino a París en tren.
Pero ahora es cuando llega la parte interesante. En 1871 Verlaine vivía su vida de escritor en París, con esposa embarazada y todo. A diferencia de nuestro niño terrible, Verlaine gozaba de una vida tranquila y disfrutaba de los recuerdos de una infancia feliz en el campo, infancia sobre la que también escribía. Dicen las malas lenguas que fue con una mala experiencia amorosa que Verlaine empezó a escribir melancólicamente, y que fue cuando leyó a Baudelaire que quiso conocer la vida bohemia y todos sus excesos. Excesos que el niño Rimbaud ya conocía pero que descubrió por completo junto a Verlaine.
Se aplica a esta historia la consigna de que los opuestos se atraen sólo para después compartir intereses… Fue como amor a primera vista: Arthur Rimbaud el niño terrible, se enamoró a primera vista de Paul Verlaine, el escritor de París. Con el amor, y como en toda buena historia tormentosa, ahí fue cuando arrancaron los problemas.
El escritor de París empezó a golpear a su mujer cuando el niño terrible se volvió incontrolable. Los excesos y las borracheras se hicieron moneda corriente, y las peleas en las calles de la ciudad también. Dicen que podía vérselos pelear por las calles, insultándose mutuamente e incluso golpeándose. La crítica de la sociedad de la época era tan fuerte que en un diario se publicó: “es frecuente ver a Verlaine cenando con la señorita Rimbaut”, pero la indiferencia de los amantes llegaba a tal punto que Rimbaud comentó que no le había molestado la frase en sí, sino que su molestia venía porque habían escrito mal su apellido.
En 1872. Verlaine dejaba atrás a su mujer y a su hijo y Rimbaud intentaba dejar a su yo en París, para poder finalmente ser otro del que era. Los dos escapaban a Londres para vivir la vida bohemia. Así estuvieron durante casi un año, viviendo a base de alcohol y ajenjo, escribiendo, produciendo constantemente.
El final de la historia de amor-odio fue en 1873, cuando cansado de los reclamos, Rimbaud escapó a Bruselas dejando a su amante en Londres. El abandono no duró demasiado tiempo y después de una discusión en la que hubo golpes, insultos y demás, Rimbaud terminó recibiendo tres disparos y Verlaine una temporada de dos años en la cárcel.
La última vez que se vieron fue en 1875, cuando Verlaine terminó su sentencia y Rimbaud lo fue a buscar a su salida. Por una noche, revivieron el amor que tuvieron y los terminó por definir para el resto de su vida. Verlaine después de ese amor escribió “Los poetas malditos” intentando definirse y definir a su amante, a las ideas que habían compartido y a la forma de vida que durante un tiempo habían amado también.
Rimbaud, en cambio, nunca más pudo escribir. Publicó su último libro, el mismo año en que terminó su historia con Verlaine, “Una temporada en el infierno”, dicen algunos una obra que intenta definir su relación con el escritor de París. Después de eso, giró por toda Europa hasta que al final se instaló en África, donde se convirtió en traficante de armas y generó una pequeña fortuna. Volvió a París en 1891, le amputaron una pierna y murió un par de días después.
Al final, nuestro niño terrible, de tanto buscarse se encontró en el escritor de París como un impulso que un buen día desapareció.