carta para enamorarse de Joaquín

16 enero, 2010

Cuando Joaquín se enamoró por primera vez, toda la familia lo miraba raro, porque él también estaba raro. No comía, no dormía, ni siquiera intentaba juntarse con los amigos a tomar algo, porque ya esa era una actividad que no pertenecía a su mundo, al mundo de los que tienen novia. Cuando Joaquín se enamoró, lo hizo de una chiquita que no medía más de 1.60, cuando él solito tiene casi 2 metros de estatura. Era hasta casi gracioso verlos intentar darse un beso en plena calle: ella se subía a algún cordón cuneta mientras que él paradito en la calle, esquivando los autos, doblaba las rodillas para llegar hasta su boca que ya en posición de beso (todos sabemos la posición de beso) intentaba alcanzar la boca de Joaquín. Su nombre era Clara; y cuando Joaquín y Clara estaban juntos, eran casi perfectos. No miraban al mundo que los rodeaba, no sentían el paso de los autos cerca, ni tampoco podían disimular la alegría que por esas épocas llegaron a sentir.

Pero Joaquín se había convertido en otro. Los amigos lo extrañaban, su familia lo reclamaba y Clara era la que lo tenía. Con sólo una mirada ella lo tenía a sus pies, literalmente a sus pies porque cuando Clara miraba al mundo con sus grandes ojos claros, el mundo se rendía a sus pies. Anduvieron entre enamorados y estúpidos casi durante dos años, hasta que un buen día un grandulón con aires de buen señor se enamoró de Clara y ahora fue ella la que cayó irresistiblemente a los pies de alguien.

Joaquín intentó irresponsable e infructuosamente durante meses encontrar un reemplazo para Clara, o como él diría: tratar de conseguir a la misma Clara pero en otro cuerpo, o mente, pero que fuera ella. Intentó todos los remedios posibles en contra de los enamorados que indefectiblemente han sido frustrados por la huída del ser amado; intentó con brujas, psíquicos y parapsicólogos que lo único que hicieron fue mentirle, engañarlo y encima sacarle los últimos pesos de los últimos sueldos que había cobrado; intentó con un psicólogo curar su mal, pero fue inútil. Joaquín estaba enamorado y encima abandonado.

Intentó ocupar su tiempo haciendo yoga, pintura, cursos de escritura, y hasta intentó bailar tango, salsa y danza árabe; todos bailes que terminó abandonando porque se le complicaba con su altura conseguir una pareja de baile y porque después de un tiempo ya nadie aguantaba su somnolencia y pasividad continuas. Sus días pasaban de una actividad insólita a la otra, y cuando finalmente dejó de ir a trabajar, su familia no tuvo más remedio que recibirlo nuevamente en la casa familiar y de paso  tirarle unos pesos para que pudiera  pagar todas sus actividades.

Joaquín se consumía cada día un poquitito más, cada día se iba convirtiendo en una sombra que iba de un lado a otro, sin gesticular siquiera una palabra. Guardaba todo: lo que sentía, lo que dudaba y lo que sabía con certeza. Pasaron muchas navidades, muchos años nuevos, cumpleaños, pascuas y carnavales antes de  que Joaquín cambiara su deplorable estado. Ya al último, casi que ni se acordaba de porque estaba así; Clara se había convertido en un pequeño fantasma que ya se desdibujaba en un tiempo pasado que había sido mejor, pero  ya ni siquiera se acordaba las razones por las que ese tiempo había sido mejor.

Un día, como hoy, como ayer o mañana, Joaquín simplemente se cansó; se cansó de callarse; se cansó de agotarse con tareas estúpidas que odiaba; se cansó de buscar a una Clara que no existía y encima no lo quería y sólo gritó. Le gritó al cielo, a la tierra, al viento y a la lluvia; a todos esos estados naturales que habían pasado uno atrás de otro, durante el larguísimo tiempo que él estuvo anestesiado. Le escupió al mundo sus sentimientos, y tanto la buscó que por fin la encontró: era Clara la que desde el otro lado de la calle lo miraba con esa cara única y tan de ella. El que dió fue un grito hondo, profundo, extasiado y confuso a la vez; un grito de alegría, de dolor, de pena y de fin de sufrimiento. Ahí, en la mitad de la calle, y mientras que los autos trataban de esquivar a ese mamotreto de 2 metros de alto, Joaquín gritó durante casi 20 minutos. Clara sólo duró los primeros 5 minutos y después se fue persiguiendo al grandulón.

Durante 20 minutos Joaquín estuvo ahí, y los autos siguieron pasando a su lado, la gente siguió su camino y el mundo no se detuvo a ver cómo Joaquín levantaba de la calle los pedazos de su enfermo corazón. Gritó, y en el instante en que su grito se calló para hacerse silencio, ahí mismo, en la calle, Joaquín se tiró a dormir la siesta. Porque no tenía nada mejor que hacer; porque ya no quedaba nada por guardar, porque nada merecía ser guardado por tanto tiempo; y porque ya su corazón había tomado forma de corazón de nuevo.

1 Respuesta a “carta para enamorarse de Joaquín”

  1. a veces quisiera gritar como Joaquin…y al fin tener mi corazón con forma de corazón nuevamente. simplemente creo no tener el valor. que pena.

  2. Iris el 14 marzo, 2010 a las 4:16 PM

 

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